Queridos, queridas, a pesar de que la audiencia del blog subió cual cohete durante la publicación de los post que llevaban por titulo "Iridiana: la tierra de los trigales", acabo de tomar la irrebocable decisión de no volver a publicar nada referente a dicho relato. Lo se, los que me seguían en el anterior blog se quedaron también a medias con otro de los relatos. No os preocupeis, solo es un silencio público, que no privado.
A prosa como motivo ... das letras ás ideas. O noso lugar de reunión. Unsere Treffpunkt.
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jueves, 19 de enero de 2012
martes, 6 de diciembre de 2011
Irdiana, la tierra de los trigales 19
CAPITULO 19: Cavando su propia tumba.
Eran las siete de la mañana cuando Felix se despertó. Su habitación daba justo al jardín dorado y de allí provenían ruidos extraños. Era aún completamente de noche y la niebla no había comenzado ni siquiera a levantarse. Se puso una bata y salió al jardín en zapatillas.
- ¿Iridiana? – la mujer no parecía escuchar, cavaba y cavaba sumida en un extraño trance.
- ¿Iridiana? – repitió.
- La tierra está muy húmeda. En apenas unos meses no quedara nada de la caja ni de …
- De ti.
- De Inés.
- Deberías llevarle los bollos de canela a Mariom.
- ¿Ahora?
- Por ejemplo.
Felix lo entendió perfectamente. Iridiana quería intimidad.
- Dile que estoy bien.
Pero no era verdad, no estaba bien, no se puede estar bien cuando te envían tu propio cadáver, cuando tu misma cavas tu tumba, cuando sabes que nunca jamás podrás abrazar a los que quieres sin quitarles un poco de vida. No, no se puede estar bien, cuando no puedes llorar por todo eso, cuando tu corazón mismo no responde. Mármol de carrara tenía por corazón, esa era la única explicación.
- Vamos, corre.
- No ha amanecido.
- Creeme, no ha podido dormir.
Felix no la desobedeció y corrió en busca de Mariom. Ella era su sol, no podía ocutarlo, sus palabras eran luz, o como dirían otros, sus palabras eran puro valium. “viva el romanticismo”, pensó.
Eran las siete de la mañana cuando Felix se despertó. Su habitación daba justo al jardín dorado y de allí provenían ruidos extraños. Era aún completamente de noche y la niebla no había comenzado ni siquiera a levantarse. Se puso una bata y salió al jardín en zapatillas.
- ¿Iridiana? – la mujer no parecía escuchar, cavaba y cavaba sumida en un extraño trance.
- ¿Iridiana? – repitió.
- La tierra está muy húmeda. En apenas unos meses no quedara nada de la caja ni de …
- De ti.
- De Inés.
- Deberías llevarle los bollos de canela a Mariom.
- ¿Ahora?
- Por ejemplo.
Felix lo entendió perfectamente. Iridiana quería intimidad.
- Dile que estoy bien.
Pero no era verdad, no estaba bien, no se puede estar bien cuando te envían tu propio cadáver, cuando tu misma cavas tu tumba, cuando sabes que nunca jamás podrás abrazar a los que quieres sin quitarles un poco de vida. No, no se puede estar bien, cuando no puedes llorar por todo eso, cuando tu corazón mismo no responde. Mármol de carrara tenía por corazón, esa era la única explicación.
- Vamos, corre.
- No ha amanecido.
- Creeme, no ha podido dormir.
Felix no la desobedeció y corrió en busca de Mariom. Ella era su sol, no podía ocutarlo, sus palabras eran luz, o como dirían otros, sus palabras eran puro valium. “viva el romanticismo”, pensó.
viernes, 25 de noviembre de 2011
Iridiana, la tierra de los trigales 18

CAPITULO 18: La segunda muerte de Inés Martel.
Le había costado mucho admitirlo, pero al final había dejado de luchar contra ello. Estaba muerta, y no se podía a amar a una muerta, por que el amor era principio de vida. Kellner y ella se habían querido, lo habían intentado, y se seguían deseando, y buscando. Pero tenía que admitirlo, nunca más alguien perdería la cabeza por ella, nunca más. Y ella, la pobre desdichada no sentiría nunca de nuevo los placeres del amor inocente, del tonteo y el nerviosismo ante el objeto de deseo. Ni el rubor asomaría jamás a sus mejillas, ni su respiración se aceleraría con el más mínimo contacto de sus manos.
Se acostó sobre la cama, vestida, mirando al techo y con la mano aún sobre el esternón. Le faltaba aún el aire. Muchos habían conocido su historia pero su segunda muerte seguiría siendo por siempre un enigma y es que no se podía describir con palabras algo que sencillamente no era de este mundo.
Rescordó aquellos dos días largos de velatorio, en los que no pudo salir de la casa, y en los que veía como su piel en verdad se iba pareciendo cada vez más al de una muerta. Recordó el sonido de la puerta al abrirse, y sus pasos, y su silencio, y el terror de sus ojos al mirarla. Fuera llovía. Habían transportado un ataúd vacio bajo la lluvia. Toda la casa olía a menta, olía a Ines Martel, la muerta. Recordó como su alma entera dio un brinco de felicidad al verle, y como corrió a abrazarlo a pesar de que estaba mojado. No pudo entonces sentir la frialdad de la lluvia, pero si la de él. Le daba asco tocarla. Inés Martel lo supo desde aquel mismo instante.
Cristobal la apartó dulcemente y le dijo: “tengo que cambiarme”. Y desapareció entre las sombras del apartamento como un gato herido. Inés corrió al espejo. Manos muertas, piel muerta, labios secos, ojos … ojos negros. No pudo reconocerse por más que se miraba, no era ella, claro que no era ella. A ella la habían arrancado de una tierra de tres lunas y la habían devuelto al pantano del dolor. Sus ojos, que eran lo único vivo, no podían ser los mismos. Aún así, a pesar de haber rozado el universo con las alas de su alma, quiso tirar de su inocencia humana y engañarse a si misma pensando que Cristobal aprendería a quererla de nuevo. Sin embargo ella sabía que o se quería o que no se quería, que a querer nadie enseña, nadie aprende.
Cristóbal tampoco era ya su Cristóbal. Iba de aquí para allá siempre cansado, agotado, como si una mano invisible le arrancara a puñados la energía de su corazón. Fue una noche tranquila y fría, cuando Cristóbal se acercó por fin a ella inundado de pasión. La tomó en sus brazos y recorrió su piel marchita como antes. A cada caricia sentía Inés como la calidez de la materia humana volvía a ella, como su corazón latía por cada beso. La vida volvía a ella a la vez que la cobardía aceleraba el pulso de Cristobal. Los ojos de Inés se humedecieron de pasión y felicidad y justo en ese instante en que dos cuerpos se precipitan juntos al vacio del universo … la estaca.
En el desaforado ímpetu del amor y la cobardía Cristobal no había llegado a apreciar que entre sus brazos no se sumía en el amor la difunta Inés, sino que con cada gesto de amor había recuperado poco a poco la vida. Estuvo ciego. Las voces de ellos acorralaron a Inés mientras Cristobal gritaba en la lejanía de nuevo. La sangre recién estrenada en las venas de Inés se derramaba por la cama esparciendo un intenso olor a menta.
Era el 31 de diciembre.
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