
CAPITULO 2: la no muerta.
Hay muchas razones para que un féretro este vacío. La principal es que nadie se haya muerto, y la menos usual es que alguien intente hacer desaparecer un cadáver. De todas la conjeturas que podrían hacerse ninguna es ni en lo más mínimo la más acertada. Ni siquiera las dos primeras. Porque, en realidad, nadie había echo desaparecer el cadáver, y lo más sorprendente de todo, es que en realidad nadie había muerto. ¿O si? La verdad es que el sentido común no nos permite pensar en lo más sencillo: ella se levantó y se marchó.
Aquella tarde de camino al supermercado, sumida en ensoñaciones literarias, no se percato de cuantas señales la conducían a su propia destrucción, como un suicidio que no se había planeado. Pequeñas, minúsculas cosas fuera de su rutina la habían conducido a encontrarse con Cristobal, a dormir en casa de el y finalmente a resbalar en su ducha.
Pero más fascinante aún fue no el “como murió”, sino el “como no murió”.
Cuando abrió sus ojos la oscuridad que contempló le advirtió de que algo andaba mal.
- ¡Estas loco! – gritaba alguién no muy lejos.
Intentó estirar los brazos, moverse buscando el espacio que la rodeaba. Todo tenía tacto a satén. Parecía estar en lugar muy estrecho, de tela confortable. Tenía una pequeña almohada en la cabeza y un traje. Pero ella nunca llevaba traje. La oscuridad y el satén le dijeron que nada andaba bien. Asustada dio un golpe en los laterales de aquel espacio angosto, primero uno, luego otro, cada vez más fuertes hasta que alguién, lloroso, se acercó y dejo entrar la luz levantando una tapa.
- ¡Dios mio! – dijo un rostro deformado por lágrimas y horror
Ella se incorporó desconcertada. Su traje era negro, y el satén era blanco, muy blanco. Tres pares más de ojos la miraban estupefactos. Miró a su alrededor preguntándose si sería una broma, si era un mal sueño, un largo y terrible sueño. Dos coronas de flores le recordaban que sus allegados la querían, y los ojos llorosos de él le pedían perdón. Ella clavo sus ojos en los vidrios de lágrimas de el y entonces la sintió. La nada dormía en su pecho sustituyendo los latidos del corazón, su abdomen no se inflamaba con el aliento, su blanquecinas manos parecían mármol, piedra inerte. Olía a cera quemada y a hierbas aromáticas, pero no podía sentirlo.
- Que me habéis hecho – dijo perdiendo la mirada en el abismo del horror. – que me habéis hecho …
Cristobal no dijo nada, solo se acerco a ella y la abrazó tiernamente. El calor de su pecho, lleno de amor y tristeza no logro calentar la piel congelada de ella, quien con los ojos puestos en el vacío, seguía con su letania:
- Que me habéis hecho.
Los tres pares de ojos destilaban alegría. La habían traído de vuelta, ya no estaba sumida en el sueño eterno que aquel accidente le había regalado. Había regrasado y apasar de ello sus ojos, la única parte de su cuerpo realmente viva repetían como un eco dirigido a la oscuridad:
- Que me habéis hecho.
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