
Sabedes que todos os anos por estas datas tento en valde contar algunha historia de medo. Por aqui xa pasaron pois, bruxas, rapaces que escoitaban voces, mans picudas, mouchos, una muller- lobo ( ou o que demo fora) e unha ánima. Este ano volverei a intentalo pero antes debo avisarvos, porsuposto, de que poida que non haxa máis capítulo cá un. E tranquilos, non creo que vos de máis medo que a voz dun Dalek en VSO.
Por certo, desta volta esta en castelán. Comezou nese idioma e nese idioma quedará, xa sabedes que teño por norma non traducir, é dicir: o que se comeza en galego sera galego por sempre e o que se comeza en castelan en castelan por sempre ( certo é que ás veces, moi raras veces faco escepcións).
Escribir historias de amor de camino al supermercado no es bueno. Puesto que se carece de papel se corre el peligro de que algunos de los personajes se queden colgados de las estanterías, encajados entre los productos o retozando sobre las lechugas, o que al regresar a casa se vayan borrando de la memoria las palabras mejor tejidas, o que alguno de los protagonistas se quede sentado en las escaleras en huelga, esperando a que le des forma. Por suerte ella no se había encontrado todavía a ninguno de aquellos seres esperándola en el ascensor, las escaleras o robándole su sitio del sofá, todos ellos sabían que si se amotinaban sería su fin.
Aquella tarde de camino al supermercado, en ensoñaciones literarias sin previsión de un futuro largo, cambiaría su vida pero eso, claro, no lo sabía. Ni sabía tampoco que si ella no hubiera salido cinco minutos tarde y que si ellos no hubieran olvidado el paraguas en la biblioteca, y que si su atajo de siempre no estuviera cortado por culpa de un atropello su vida hubiera transcurrido como hasta a aquel entonces, silenciosa y tranquila como un río que fluye y fluye en una eterna tarde primavera.
Así pues aquella tarde que cambiaría su vida cerró la puerta tras de sí con vueltas de llave y se encaminó distraída a su destino, sin saber que jamás regresaría o que al menos, al abrir de nuevo aquella puerta ya no sería la misma.
Jamás llegó al supermercado, pues al cambiar su camino de siempre se encontró con Cristobal a apenas 30 de la puerta del supermercado. Y si en vez de pararse a hablar con el hubiera acelerado el paso y entrado en el local, no habría pasado nada. Simplemente su cartera pesaría menos. Pero no lo hizo, no llego nunca a entrar, le miro, le sonrió, y se olvido de todas la razones que tenía para estar enfadada con él. Bastaron tres minutos para que ella accediera a cenar con el, en su piso, como tantas otras veces, y más tarde, le bastaron un par de caricias para convencerla de que ella era única. Y ella, por supuesto, se dejo engañar dulcemente por que el mundo no esta como para permitirse malgastar amores.
***
Si hubiera un ranking de muertes estúpidas la de ella sería probablemente la primera. Fue una mañana de junio, soleada y alegre. Eran las nueve de la mañana, se levantó de un salto cantando, como tantas otras mañanas de junio, julio o diciembre. El dormía apaciblemente a su lado y de vez en cuando podía escuchar alguno de esos sonidos que el sueño profundo deja escapar. Se fue a la ducha y abrió su armario de jabones naturales, le encataba coleccionarlos y levantarse cada mañana pensando en escoger el perfume apropiado para el día: rosa, lavanda, violeta, naranja, café, menta, fresa, … Era su pequeño tesoro.
Aún hoy es capaz de recordar las imágenes que pasaron por su cabeza cuando abrió el jabón de menta. Un jardín al lado del mar, y la brisa fresca del atardecer perfumada por el aroma de la menta, que calentada por el sol hacía notar tiernamente su presencia. Ese fue el ultimo olor que pudo disfrutar en esta vida, y precisamente por eso no podía olvidarse de el, por que uno no necesita tener ya sentidos para recordar las cosas hermosas. Después de elegir el jabón fue tranquilamente a la cocina a hacer café pensando que el aroma tostado y suave despertaría a su chico, como a así tristemente fue. Después de dejar el café en el fuego, mientras los rayos de sol bañaban la piel de su amor, se metió en la ducha. Disfruto del agua acariciando su piel, las burbujitas de jabón jugueteando con el agua y su cuerpo, se lleno de menta, y dejo que las caricias de la noche anterior se fueran por el desagüe, canturreó un poco, cerró el grifo y se envolvió en la toalla. Salió de la ducha, envuelta en su toalla verde, a juego con su jabon favorito, su pie resbaló sobre el suelo mojado por las lagrimas que caian de su pelo, cayo sobre el borde la bañera, con los ojos abiertos y una sonrisa de placided en la boca. Asi se despidió de este mundo, con el olor de la menta inundando las fosas nasales por las que se escapo su ultimo aliento. Un abrazo escarlata, como una aureola santa fue envolviendo su cabeza mientras el eco del café cantaba amargamente una canción de despedida.
Nunca supo si había sido Zeus con su rayo, o el dios bíblico con su sabiduría, el que había designado que aquel dia, en aquella mañana normal, soleada y feliz, su vida ya no sería suya. Y jamás lo sabría.
Sus oídos y ojos, aun vivos, a pesar de que ya le puso se le había escado vieron el rostro amado, y sientieron los sollozos y gritos de aquella alma compunjida. Le hubiera gustado consolarlo, pero una fuerza desconocida la alejaba de el y de su propio cuerpo cada vez que intentaba aferrarse a aquel mundo. Y a pesar de que la voz de su chico seguía sonado, cada vez lo hacia mas y mas lejos, hasta que se convirtió en un eco lejano y sin sentido. El mundo desapareció, simplemente se borro, y quedo en su alma grabado como un recuerdo dulce y monótono. El café seguía despidiendo su grito tostado en la cocina mientras el aun envuelto por el velo del sueño gritaba el nombre de ella suavemente.
Lo que vino después no debe mencionarse. Un baile de lágrimas y crisantemos cruzo la ciudad para darle sepultura. Gafas de sol y ropas negras, nada importante o anormal. Los único que ellos no sabían era que transportaban un ataúd vació. Ni siquiera su padre, el único hombre de la familia que no había querido gafas de sol, se dio cuenta, es más, mientras sacaban el ataúd y los guiaban por los caminos del cementerio, intentaba buscar en el peso que cargaba sobre su hombro un indicio de vida, un movimiento, un ruido, algo que justificara el abrir la tapa para levantar a su Bella Dumiente, a su Blanca Nieves de ojos verdes. Solo Cristobal sabía que le rezaban a al vacio pero no por eso su dolor era menos, sus tripas se retorcían , su cabeza le dolia tanto que creía que iban a estallarle hasta los globos oculares, le costaba respirar, y lo único que deseaba era salir corriendo. Pero ni el padre abrió el féretro, ni Cristobal corrió, ni el sol se digno a aparecer aquella tarde.
No hay comentarios:
Publicar un comentario