sábado, 12 de noviembre de 2011

Iridiana, la tierra de los trigales 13.

CAPIUTLO 13: La mano invisible.


- La pregunta es: ¿de que me conoce Carlota?
Kellner la miró sorprendido. Ambos sabían muy bien de donde venía Carlota.
- Es hija de Cristóbal, ¿no basta eso?
- Pero nunca me vió, nunca estuve cerca de ella. ¿le habrá hablado de mi Cristobal?
- Bueno, si es su hija – apuntó lleno de miedo Felix – es probable que ella haya escuchado hablar de ti. Es más, igual conoce tu historia tan bien como su padre.
- Ella no puede ni imaginárselo.
- No seas tan sobervia – la reprendió Kellner – ella buscaba lo mismo que tu, ¿Qué más prueba quieres?
Mientras estaban allí agachados ninguno de los tres pudo ver que seres extraños se movían entre la niebla. Pendientes de la figura que escrutaba el interior del nicho columbarium como minutos antes lo había hecho Iridiana, los tres pasaron por alto que la piel de la joven estaba lacerada y sangraba hasta que una mano invisible le rasguño la cara dejándole la marca de cuatro afiladas uñas. Iridiana a penas sintió nada, solo un olor intenso a menta y una calidez extraña sobre su mejilla izquierda. Su alma y su cuerpo no se correspondían y por ello, a veces le fallaban sentidos como el tacto, o mejor dicho, se le aletargaban.
- ¡Iridiana! – medio grito Felix

La muchacha se llevo la mano a la mejilla y miro la sangre con ojos desorbitados. No tuvo tiempo a reaccionar, sintió como una mano gélida entraba más allá de su cuerpo y le revolvía las entrañas con furia, si es que ella tenía entrañas o alma.
- ¡Ahh! – chillo cayendo al suelo y retorciéndose de dolor, de un dolor más espiritual que físico. Por un momento consiguió aferrarse a la materialidad de su cuerpo para amortiguarlo y sintió por tercera vez en su larga vida como los pulmones se le inflamaban de aire.
- Tenemos que salir de aquí inmediatamente. – dijo Kellner cogiéndola en brazos.
Una vez atravesaron la puerta del cementerio y dejaron atrás el muro y las tumbas Iridiana, que había llegado casi al desmallo, volvió en si cansada y débil, como si milenios de vidas hubieran cargado su peso sobre ella. De repente a Felix le pareció que era mucho más vieja.
La dejaron reposar sobre el sofá en cuanto llegaron a casa, parecía sumida en una especie de ensueño extraño pero con cada segundo que pasaba sus músculos y su cabeza iban recuperándose. Felix sentado en frente, sin embargo, parecía ir cayendo en aquella especie de trance.
- Iridiana, miráme – los ojos de la joven se volvieron costasemente a Kellner, quien se había arrodillado a su lado y la había cogido de la mano. – dejale. ¿Me estás escuchando? Déjale, no necesitas eso, ya es suficiente.

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