CAPITULO 6 : EL JARDIN DORADO
CAPITULO 7 : INES MARTEL
La ultima tarde Marion en la casa, casi mansión, de Iridiana, la pasaron en el jardín dorado. No sin razón Iridiana le había puesto dicho nombre, pues en otoño la luz baja del sol se tamizaba por entre las ojas amarillentas y rojizas y transportaba a aquel que lo contemplaba a un mundo en el que todas las maravillas de las hadas y los elfos eran posibles. Mariom incluso iba vestida para la ocasión de amarillo tostado y es que no todos los días Iridiana estaba de tan buen humor ni todos los días servía ella a sus sirvientes. Obligo tanto a Felix como a Mariom a sentarse mientras preparaba una mesa de los mas fina, con tazas tan elegantes que daba miedo usar.
- Tu nombre es demasiado alegre. No me gusta.
- ¿También te cambio el nombre a ti Mariom? – dijo con sorna.
- No, a mi no. A mi me bautizó.
Felix la miró sorprendido, Iridiana parecía al menos 10 años más joven que Mariom. Había algo que no le encajaba.
- Si, fue mi madrina.
- ¿Qué dices Mariom?¿Tiene cara de tener nombre de gato?
- Miau – contesto el chico con sonrisa pícara e Iridiana dejo escapar una minicarcajada.
- Para nada Iridiana.
- Entonces lo llamaremos … lo llamaremos …. – decía sosteniendo la tetera e impacientando a Mariom. – ¡ya se!
En ese instante dos hombres vestidos de azul entraron al jardín trasero, y sin llegar a entrar al jardín dorado dejaron un paquete de considerables dimensiones. Iridiana recibía a menudo paquetes y los mensajeros sabían ya perfectamente como habían de entregárselos, asique no mediaron palabra, solo la miraron y asintieron como diciendo: es ella. El mensajero dejó, con ayuda de su compañero, el paquete en el suelo. Era siniestramente alargado y rectangular, más estrecho en una punta que en la otra.
El rosto, antes serenos y alegre de Iridiana se tornó sombrío al acercarse. Felix miraba expectante detrás de ella, quién comenzó a rasgar el papel de manera frenética, y enfermiza, con los ojos desorbitados y las pulsaciones a mil. Mariom se acercó cuando Iridiana, habiendo termiado su tarea, cayó de rodillas al suelo delante de aquella gran caja de madera. Le bastó ver sus ojos llenos de lágrimas para saber que algo no iba bien. Nunca, nunca en su vida había visto llorar a aquella mujer. Felix tragó saliva ante la visión de aquella caja y temió tanto que Iridiana la abriera que se arrodillo a su lado y la abrazo para inmovilazarle los brazos, fue entonces cuando se fijó. Sobre la tapa del ataúd había un nombre escrito: Inés Martel.
El nombre le sonaba, así la había llamado Cristobal: Inés. ¿Sería Ines un familiar suyo?¿Porque habrían de mandarle un ataúd con un familiar suyo dentro? Si bien es cierto que aunque el ataúd parecía tener unos cuantos años, y que sus formas eran más que arcaicas, parecía que este jamás había servido a nadie, y que lo habían usado más bien como arcón, como atestiguaban las cerraduras y las manillas laterales añadidas a posteriori.
***7***
Si hubiera podido se le habría helado la sangre, se le habría cortado la respiración y habría gritado, pataleado, o se habría desmayado. Lo máximo que consiguió fue llorar, o más bien que corrieran lágrimas por sus mejillas. Por un instante solo, viendo el nombre de Inés Martel sobre la tapa del ataúd, fue humana. Podía permanecer impasible ante muchas cosas, su cuerpo y su mente no se comunicaban en absoluto, y eso la frustraba, aunque en algunas ocasiones no le había venido mal tal don. Aquella fue la primera vez en años en que lograba que cuerpo y alma fueran una, lo cual no dejó de resultarle extraño, en tanto que el cuerpo que reaccionaba no era el suyo. Hacía 50 años que su cuerpo se había corrompido, y daba gracias al cielo de no haber estado presente en esos momentos.
Hacía cincuenta años, un día, de camino al supermercado, un día normal y cualquiera, de finales otoño o principios de invierno, un poco frio pero no tanto como para tiritar o quejarse del firmamento encontró sin querer a alguien que le cambiaria la vida, o mejor dicho, la muerte. Siguió a Cristóbal a su casa, y allí encontró su final. Contrariamente a lo que todos pudieran pensar, no le dolía, es más, incluso había sido una sensación agradable sentir como la vida fluía poco a poco y se deslizaba por todo su cuerpo abandonándola y aligerándola al mismo tiempo. Pos un instante, mientras los sentidos se le escapaban, había notado como ella misma se fundía en una especie de nube cálida y aterciopelada. Y lo más increíble es que soñó con un mar de trigo dorado y tres lunas sobre el, y con susurros que corrían sobre las espigas. Entre el trigo estaban ellos, sonriéndole. Sintió por un instante que estaba en casa, en el lugar que siempre había esperado y deseado, y no sentía nada, nada humano, nada descriptible con nuestras palabras, por que ella ya no era nuestra, era de ellos.
Entonces, despertó en aquel angosto lugar de satén blanco, llena de un dolor inmenso, llena de un frío pétreo y aterrador, como salido del más hondo abismo. Sentía como si le doliera el corazón, como si una mano invisible revolviera todas sus entrañas, pero a pesar de que lo sentía, no tardó en darse cuenta de que sus pulmones no se llenaban de aire, de que su corazón no latía. Ellos la miraban, y le preguntaron: ¿quieres quedarte? Y ella, aterrada, sin saber donde estaba o que había pasado, dijo que si, pues al menos, a pesar de no sentirlos, sabía que los brazos de Cristobal la rodeaban.
Cuando ellos desaparecieron pudo fijarse con más calma, en sus zapatos nuevos, en el rosario envuelto en su mano, y en el escapulario colgado de su cuello. Sara y Matilde, dos compañeras de la facultad la miraba sorprendidas y una decía a la otra:
- ¡Estás loca, estás loca, diablos, estas loca! – Pero Iridiana no podía recordar quien de las dos era.
A su alrededor había velas, muchas velas, más de las necesarias, y en los ojos de Cristobal solo había alegría y miedo.
- ¿Qué me habéis hecho? – siguió preguntando a pesar de que ellos ya se habían marchado - ¿Qué me habéis hecho?
- Te hemos traído de vuelta. – respondió Cristóbal, quién la sacó del ataúd y la llevó a su casa con ayuda de Matilde y Sara.
Era la víspera de Todos los Santos pero la única sonrisa de calabaza que la aterró fue la de Cristobal al depositarla sobre la cama. La había traído de vuelta y se estaba arrepintiendo de ello.
Durante los dos días siguientes Cristobal no apareció por el piso. Tenía tanto miedo como ella. Inés, pues por aquel entonces aún era Inés Martel, la hija del panadero, se sentó en el sofá durante aquellas interminables 48 horas a contemplar su piel, su carne muerta, su pelo sin brillo y sus ojos inusitadamente vivos. Los ojos son el espejo del ama, lo supo en el mismo instante en que se miró al espejo. No comprendía nada, se movía, se veía, escuchaba pero no tenía hambre, ni necesidad beber. Allí mirándose, lo único que fue capaz de percibir fue el aroma del jabón de menta saliendo del armario. La menta. Al olerla se preguntó que pasaría a continuación con aquel cuerpo muerto, por cuanto tiempo podría sostenerlo, cuánto tiempo tardaría en sucumbir a su ciclo natural. Se pregunto si la menta incubriría su propio olor de ultratumba, la cera de vela y los aceites. Al menos la habían maquillado bien, se dijo ante el espejo, incluso le habían quitado unos cuantos años de encima hasta darle un rostro de niña. ¿Cuánto tiempo ocultaría el maquillaje el hundimiento de las cuencas oculares o la sangre negruzca parada en los capilares? ¿Tendría que robar un cuerpo vivo? ¿cómo? ¿y Cristobal, no regresaba por que sabía lo que le esperaba?
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